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REVISTA: Anales Venezolanos de Nutrición

NUMERO: Volumen 21, No. 1, Año 2008

TITULO: Longevidad, nutrición, amor y todo eso

AUTORES: José María Bengoa

RESUMEN: -

PALABRAS CLAVE: Longevidad; nutrición; amor

CONTENIDO: 42 Anales Venezolanos de Nutrición 2008; Vol 21 (1): 42-48.

Conferencia

Longevidad, nutrición, amor y todo eso

Longevity, nutrition, love and all that

José María Bengoa 1

.

1. Ex-Jefe de nutrición de la Organización Mundial de la Salud ( 1955-

1975).

Solicitar copia a: José María Bengoa. fundacionbengoa@cantv.net.

Hace más de 25 años pronuncié en Valencia (Venezuela)

una Conferencia sobre la Nutrición y el amor. Fue muy

bien acogida y mis amigos me han pedido que la repita.

Solo he introducido algunos párrafos adicionales.

Dos de nuestros objetivos vitales entre otros son:

1. Defendernos ante la muerte, la enfermedad y el

deterioro de los años. Es decir, defendernos de las

agresiones que lesionan nuestra salud, sin la cual no

es posible alcanzar los siguientes objetivos.

2. Alcanzar la belleza y el amor como signos positivos de

la vida.No conformarnos con la ausencia de enfermedad,

sino promover un estado físico armónico y positivo.

El primer objetivo de nuestra vida es obviamente

defendernos de las agresiones del medio ambiente. En

una de esas deliciosas disquisiciones científicas a las que

nos tiene acostumbrados el Dr. Germán Camejo, nos decía

que el hombre era una de las pocas especies animales –

tal vez la única- que no se muere inmediatamente después

de haber cumplido la etapa de preservación de la especie,

es decir, después de su etapa productiva. Estamos yendo,

decía Camejo, más allá de lo que nos programó la

evolución. La especie humana ha hecho un esfuerzo

continuo para ir más allá de la etapa reproductiva y lo ha

hecho con enorme éxito, en el siglo XX. Antes no, durante

toda nuestra historia pasada, la expectativa de vida no

pasaba de 30 ó 35 años, justo la etapa reproductiva. El

siglo XX ha prolongado la vida hasta 80 y 85 años. La

mujer, algo más. Pero por vivir más que lo que la

conservación de la especie exigía, estamos padeciendo

enfermedades llamadas degenerativas que tanta relación

guardan con nuestros hábitos alimentarios.

Vernon Coleman, en su libro reciente “El escándalo de la

salud”, nos dice que para el año 2020 una tercera parte

de la población en el mundo desarrollado superará los 65

años. Una cuarta parte de la población sufrirá de diabetes.

Cada hogar con dos padres sanos y dos hijos sanos, tendrán

que cargar con cuatro personas incapacitadas o

dependientes que necesiten cuidados continuos. Todas las

naciones desarrolladas estarán enfrentando la quiebra

presupuestaria en su lucha por mantener a los

pensionados, jubilados y desempleados.

Sin apenas darse cuenta, silenciosamente, el hombre

acumula años de vida y se acerca al final de su ciclo vital.

Es la llegada de la vejez como proceso delirante, con sus

achaques y molestias, casi invisibles para los que le rodean,

pero clave misteriosa para el viejo.

Pero ¿hay una sola vejez? ¿Y no hay muchos que mueren

sin envejecer? Se podría decir que en el transcurso de la

vida el ser humano pasa por algunas etapas de honda

depresión, con incapacidades físicas y mentales que lo

hacen sentirse viejo. Y eso varias veces en una larga vida.

Son envejecimientos sucesivos de los cuales se sobrepone

al cabo del tiempo, pero que a la larga sellan la vejez

final. Por otro lado, ¡cuantas muertes innecesarias en la

infancia, juventud y edad madura, sin alcanzar el goce

sutil del envejecimiento lento!

No todos los órganos envejecen simultáneamente. Ya lo

decía Virchow; “No todos los tejidos del cuerpo nacen en

el mismo instante ni mueren todos al mismo tiempo se

encuentran tejidos juveniles en la extrema vejez y tejidos

ya en senescencia en el feto”.

Tampoco la regresión vital en la vejez se produce de

manera brusca o repentina, salvo en casos excepcionales

en ciertos órganos (infarto). Más bien es un deterioro

progresivo, impalpable e indolente hasta alcanzar la

senectud. La invasión del tejido conjuntivo en sustitución

de las células nobles es una característica de la vejez.

Otro fenómeno esencial es el empobrecimiento de agua

que sufren los órganos y tejidos. Esta pérdida de agua en

el anciano se hace visible en la piel. Junto con la actitud

encorvada del cuerpo, es la piel la que produce mayor

apariencia de vejez, y lo peor, es que se manifiesta

principalmente en las partes visibles del cuerpo: la cara y

las manos. A algunos ancianos se les ve más viejos de lo

que realmente son. Su cara con la piel plegadiza arrugada,

con aumento de sustancias colorantes por depósitos

diversos.

Los pelos traicionan al hombre y la mujer. Junto al

encanecimiento y calvicie en el hombre, brotan los pelos

en el pabellón de la oreja y las orejas se hacen más

pobladas; y la mujer ve con pena que su mentón se puebla

de pelos y la voz se va haciendo varonil. Todo un

panorama sombrío para quien se contempla en el espejo

cada mañana.

Anales Venezolanos de Nutrición 2008; Vol 21 (1): 42-48. 43

Longevidad, nutrición, amor y todo eso

También hay alteraciones en el aparato locomotor.

Disminución de la talla y cifosis, junto a la artrosis,

enfermedad casi inseparable de la vejez.

Ramón y Cajal, en su delicioso libro intitulado “El mundo

visto a los 80 años”, clasifica la decadencia de la senectud

en sensorial, cerebral, psicológica y somática, y señala

que el comienzo de la vejez podría fijarse en la edad de

setenta o setenta y cinco años. Esto parece más razonable

que los 65 años que se vienen señalando en los estudios

demográficos.

Cajal se pregunta “¿No será que vivimos demasiado? ¿No

será que la vejez es una dávida inoportuna y vejatoria de

la civilización? ¿No será que la vejez trata de contrariar

las leyes de la naturaleza?

Alguien ha dicho que son viejos “aquellos que tienen diez

años más que uno” o, también, que la vejez empieza

algunos años más tarde de lo que el mismo cuenta”.

Una de las características más notorias en la vejez es la

tendencia a la introspección, la vuelta hacia dentro, la

disminución de la relación con el mundo exterior. El

anciano huye del ruido de las muchedumbres, de las

aglomeraciones, sean políticas o deportivas. El tumulto

de la sociedad lo aturde, y aumenta la tendencia al silencio,

en lo que Marañón llamaba “la soledad en compañía”.

Sin proponérselo el anciano se va adhiriendo al pasado, a

sus esfuerzos y trabajos realizados a lo largo de la vida.

Huye de las cosas nuevas.

Hay también una cierta blandura del carácter, que se hace

más suave y con frecuencia brota un humor chispeante.

Es evidente en el anciano la aparición progresiva de la

fatiga, aunque perdure una ansia incontenible por pasear.

Se les achaca, no sin cierta razón, el exagerado prurito de

autoridad. Estima que su experiencia es el supremo don

de la naturaleza, sin la cual nada es posible.

El descuido en sus formas de comportamientos, incluso

en su vestimenta, ha sido objeto de caricaturas sin cuento.

A veces, exteriormente mantiene cierta fachada, pero, en

su casa, se abandona.

Según Flourens, hay una relación entre la soldadura de la

epífisis de los huesos largos y los años de vida. “El hombre

necesita 20 años para crecer y vive cinco veces 20 años,

es decir, 100. El Camello crece durante 8 años y vive el

quíntuplo de 8, esto es 40 años. El caballo crece durante

5 años y vive el quíntuplo de 5, esto es, 25 años”, Flourens,

aclaró, que esta ley solo era aplicable a los mamíferos.

No hay razones para temer la vejez. El miedo a la vejez

es un error. “Nada en el mundo nos hace tan viejos como

el miedo de serlo”, dijo algún sabio.

Recordemos lo que decía Edgard Quinet: “Esperaba la

vejez como una cumbre helada, estrecha y perdida en la

niebla, he visto por el contrario, a mi alrededor un vasto

horizonte que jamás habían contemplado mis ojos”.

Eleazar Lara ha sintetizado admirablemente los aspectos

de la senectud y sus relaciones con la vida activa. Es un

tema de gran actualidad. La vida activa del anciano, dice

Lara Pantin, abarca no solamente participar en fuertes

competencias físicas sino que incluye también la “mente

clara”. Entre las afecciones del viejo. Lara destaca las

enfermedades del sistema músculo esquelético, que puede

darse hasta en un 50% de la población mayor de 65 años.

En el viejo suceden las cosas a distinta velocidad que en

el joven.

Carrel propuso estudiar el proceso de cicatrización,

mantenido en condiciones rigurosamente estériles. Se

encontró que en un niño de 10 años, una herida de veinte

centímetros cuadrados cicatrizaban en veinte días,

mientras que en un hombre de 20 años la misma herida

necesitaba 31 días. En un hombre de 40 años 55 días en

uno de 60 empleaba 100 días, es decir 5 veces más tiempo

que el niño. Esto significa que el mismo proceso

fisiológico no se cumple con la misma rapidez, según las

edades. Dice Lecomte du Nouy que es “como si el tiempo

transcurriera para un hombre de 50 años, cuatro veces

más rápidamente que para un niño de 10 años”. Los viejos

y los jóvenes viven en realidad en universos separados,

en los cuales el valor del tiempo es distinto.

No es tan grave ser viejo, lo triste es sentirse viejo, estar

viejo, Y hay muchos que están viejos sin ser viejos, y otros

muchos que siendo viejos no lo están.

Los viejos son cada vez más jóvenes, y más fuertes y más

cultos, pero también más exigentes.

Dentro de los problemas que surgen con motivo de la

enfermedad y la muerte, lo más temible y no deseable es,

junto a la incertidumbre económica, el dolor y la

incapacidad que conduce a veces a la desesperación.

El envejecimiento, la enfermedad y la muerte conforman

una trilogía inherente a la propia vida. Como dijo alguien

que no recuerdo “la existencia es una aventura de la que

nadie sale vivo”.

44 Anales Venezolanos de Nutrición 2008; Vol 21 (1): 42-48.

Bengoa

Pero la buena nutrición no tiene solamente como objetivo

conservar la salud y vivir muchos años sino lograr un

grado razonable de bienestar físico y estéticamente bello.

Nunca hemos entendido bien por qué el comienzo de los

estudios de medicina se hace en las salas de disección, es

decir, frente a la muerte. Pero no una muerte de cuerpo

entero, solemne, global, de un ser que poco antes estaba

vivo, sino una muerte a pedazos, en trozos de cadáver de

seres desgraciados que nadie reclamó. Se inician los

estudios de medicina viendo el detalle morfológico de

músculos, tendones y huesos, como un rompecabezas de

trozos aislados, irreconocibles, por no conocer el todo a

quien pertenecen. Pasarán varios años antes de explicar

la vida, su misterioso funcionamiento, sus alteraciones en

el desarrollo y la patología más frecuente.

Parecería lógico que el Joven que se inicia en una profesión

por la cual ha sentido una vocación de amor, se le hable

desde los comienzos de cómo nace la vida, cómo se

desarrolla en el seno materno, según los códigos de la

herencia materna y paterna, y cómo va a nacer un día

con una estructura ya formada, después de nueve meses

de gestación, es decir de nutrición materna. Así debería

ser la lección del primer día de clase.

En la filosofía alemana de comienzos de siglo, nos cuenta

Lain Entralgo, fue tópica la contraposición entre

“naturaleza” (el conjunto de las realidades no humanas)

y “cultura” (la suma de las actividades y las obras cuyo

autor es el hombre). El hombre vendría a ser el hibrido

de un “ente natural” y un “ente cultural”.

Como dice Juan García Bacca, “la empresa del hombre

actual consiste en hacer posible y real , lo imposible a la

naturaleza, y de las aves, hace aviones; de peces,

submarinos; de ojos, telescopios; de orejas, teléfonos; de

pies, automóviles; de manos, tenedor, cuchillos y cucharas;

de cerebro, computadoras, de corazón, marcapasos; de

petróleo, gasolina; de corrientes de agua, turbina, de

piedras magnéticas, dinamos; de luz solar, luz eléctrica;

de fibras vegetales, papel; de manos, el piano, etc”, “De

magia a técnica”, 1999.

Pienso que mientras la atracción sexual es eminentemente

“naturaleza” y el amor es “cultural”. La hembra, de la

que tanto se habla en América Latina, y cuyo término

debería desaparecer con referencia al ser humano, es

naturaleza, mientras que la mujer es ya cultura. Marañón

lo dijo con elegancia sin igual:

“El primer amigo del hombre fue la mujer; la mujer antes

de serlo, cuando era sólo hembra, escogida al azar, para

satisfacer el hambre del instinto a medida que éste urgía.

Pero una mañana remota y memorable, cuya fecha puede

representar más para el progreso humano que todos los

descubrimientos de nuestro siglo, ocurrió este maravilloso

proceso: al levantarse el hombre, bronco o hirsuto, de su

lecho de hierbas, después de haber cumplido con la

hembra que estaba a su lado; reposado por el sueño de

esa tristeza que todo animal siente después de amar, se

sintió transido de una tristeza mayor, que era el tener que

abandonarla. Y volviéndose a ella que aún dormía, brilló

en sus ojos, desde el fondo de las cuencas redondas, por

primera vez en la historia del mundo una luz maravillosa

que era el amor, que solo se enciende cuando la alegría

del instinto se ha apagado porque se ha satisfecho. Desde

ese día la hembra fue ya mujer”.

El Arcipreste de Hita, en el siglo XIV, desde Guadalajara

de la Mancha Alta, escribió esto que sigue en la estrofa

71 de su Libro del Buen Amor:

“Como dize Aristóteles, cosa es verdadera

el mundo por dos cosas travaja: la primera

por aver mantenencia; la otra cosa era

por aver juntamiento con fembra placentera”

Los países desarrollados parece que a través de la historia

han pensado con prioridad en asegurar la “mantenencia”

y gozar del amor como actividad complementaria,

aunque no menos esencial. Pero en los países en vías de

desarrollo daría la impresión que lo prioritario ha sido

“la fembra placentera” aún a costa de hambre.

Sin embargo, tanto en unos como en otros países, la

nutrición y el amor están intricadamente asociados.

Basta observar la maravillosa eclosión del amor en el

adolescente, cuando surge de pronto –y no antes- el punto

de equilibrio exacto y preciso de una proporción de grasa

y peso corporal para que florezca la pubertad.

También es nutrición la proporción del esqueleto pelviano

en la mujer que acogerá el fruto del amor, y también la

distribución de grasa y músculo diferenciados en ambos

sexos, que conducen a la atracción sexual.

Pero acaso, nada podrá simbolizar mejor la asociación

nutrición y amor que el proceso del embarazo y el

milagroso seno materno que acoge al recién nacido y lo

protege durante varios meses.

Desde hace mucho tiempo es un problema familiar y social

grave la anorexia irreductible del “mal de amores”, que

llenaron las páginas de la novelística romántica, y que

condujeron a la aparición frecuente de casos de clorosis,

tuberculosis, delgadez extrema y otros cuadros similares.

Anales Venezolanos de Nutrición 2008; Vol 21 (1): 42-48. 45

Longevidad, nutrición, amor y todo eso

Entre la leyenda y el mito flota la noción del poder

afrodisíaco de ciertos alimentos, donde posiblemente

juegan papel importante el embrujo táctico del don Juan

o de la Carmen de turno. En todo caso –realidad o mitoocupa

un lugar en la bibliografía frívola de la alimentación

y del amor.

En general, la asociación de la nutrición y el amor tiene

un acento positivo, acaso para algunos esperanzador,

siempre nostálgico para quien esto escribe, pero no puede

soslayarse el aspecto negativo de dicha asociación en

ciertos casos.

No se puede ignorar que la desnutrición grave es un

síndrome de desamor social, donde el niño queda

marginado, desplazado y carente no sólo de calorías y

proteínas, sino de amor.

También es obligadamente triste indicar el horrible

descalabro catabólico que constituye el SIDA, enfermedad

que causa el proceso nutricional más desvastador que

jamás el amor heterodoxo pudo sospechar.

Pero tenemos que mirar la nutrición y el amor

positivamente, como una asociación donde predomina la

belleza y la estética que no es otra cosa que un equilibrio

armónico del desarrollo físico y funcional.

En los regímenes dietéticos de adelgazamiento o engorde,

acompañados por lo general de caminatas entusiastas, hay

siempre –aunque sea inconscientemente– una búsqueda

de amor, acaso lejano, o bien un esfuerzo inagotable de

mantener un amor a punto de perderse.

Pero siempre el amor está de por medio, con su toque

narcisista inevitable, que en cierto modo es una forma de

desamor.

El amor nace siempre de un rebose de energía.

Si la noche de San Juan, en algunos lugares, tiene fama de

ser la noche propicia al erotismo, ocurre ello, porque es a

partir de ese día del año cuando los hombres, desde los

tiempos prehistóricos, ven la cosecha asegurada (Jun Rof-

Carballo).

La belleza, fundamentalmente femenina, tiene

característica que difieren en el tiempo histórico, el lugar

y la edad.

En los concursos de belleza contemporáneos, las medidas

del busto, cintura y caderas han hecho la pauta para la

selección. Las cifras 90,60 y 90 han sido las más aceptadas,

hoy y aquí. Pero esto no siempre ha sido así. Según las

estatuillas obtenidas en diferentes épocas de la historia,

en la Edad de Piedra, la Venus de Villendorf, tenía unas

dimensiones difíciles de creer de 240 – 220 – 240. Esto

claro, 20.000 años antes de Cristo. Si nos acercamos a

nuestro tiempo, 2.000 años antes de Cristo, encontramos

“Miss Valle del Indo” que tendría 112 – 85 - 158. En la

Edad de Bronce, 1.500 a.C., las medidas de Mis Chipre

debieron ser de 107 – 105 – 110, mientras que “Miss Siria”

1.000 a.C., 78 – 65 – 90 (“El hombre al desnudo”.

Desmond Morris).

Es evidente que estas cifras tienen un carácter de

aproximación y reflejan una gran imaginación. No deben

tomarse al pie de la letra. Pero señalan de un modo

atrayente como ha evolucionado la conformación del

cuerpo femenino a través de la historia.

Si nos atreviéramos a imaginar cómo han evolucionado

estas medidas en los últimos 500 años las sorpresas serían

mayúsculas. Desde las estampas de Rubens, pasando por

Goya, hasta hoy, el ideal femenino ha venido variando.

Tampoco será lo mismo la belleza femenina en países de

Asia, por lo general de menor talla, y la triple medida con

cifras más pequeñas, que en el Occidente. También será

distinto para los nórdico-europeos y mediterráneos; o para

la población del altiplano andino, o los caribes. Sin

embargo, paradójicamente, hay un concurso mundial de

Mis Universo. Parece una contradicción.

Por lo general, las parejas se asemejan por su tamaño, y

mantienen diferencias de talla de acuerdo al sexo. Son

raros los casos de grandes diferencias de talla entre el

hombre y la mujer.

No obstante, en esta época de grandes facilidades de viajar

y de turismo, es más frecuente observar casos un tanto

extraños. Recuerdo haber visto en Tailandia parejas

formadas por un americano de 1,90 m, con una chica

Tailandesa de no más de 1,40. Se me ocurría pensar como

serían los hijos, como sería el parto. El mecanismo de

adaptación, en estos casos, es sorprendente. Tanner reseña

el caso del cruce de un caballo semental grande con una

yegua “pony” Shetland y, al contrario, un pequeño caballo

“pony” con una yegua grande. La pareja en que la madre

era pequeña procesó un potranco pequeño, mientras que

la madre grande parió un potro grande. Pero al cabo de

unos meses ambos potrancos habrían alcanzado el mismo

tamaño y terminaron con un tamaño intermedio al de los

progenitores.

La vieja biología china establecía la diferencia entre los

crustáceos y los vertebrados; los primeros tienen los huesos

fuera y la carne dentro en tanto en los segundos es al

contrario. Toda la fuerza de los primeros está a la vista, la

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Bengoa

de los segundos no asoma. Y esa diferencia esencial los

lleva a conducirse de manera bien diferente. La atracción

sexual en unos es ósea; en los otros son los músculos y la

grasa.

La pobreza está asociada con frecuencia (siempre hay

excepciones) a la fealdad. A principios de siglo, en

cualquier ciudad europea uno podía ver una multitud de

niños deformes, cojos, tuertos, jorobados, cabezones,

bizcos, cambetos, ciegos, mancos, etc.; era todo un museo

de horrores físicos. Hoy todo ha cambiado.

Ya Chávez, de México, nos ha recordado que los adultos

desnutridos son no solamente de más baja estatura, sino

también que sus piernas son cortas y su tronco

desproporcionadamente largo, todo un poco

distorsionado.

En los casos de desnutrición no sólo hay una distorsión

del crecimiento, sino que hay cambios sustanciales en la

composición corporal. Martha Kaufer de México, ha

sintetizado de manera admirable dichos cambios

(“Nutrición”, 1986). “El consumo inadecuado de energía

produce una serie de cambios en el metabolismo

energético. Hay un aumento en el contenido de agua,

una disminución de las reservas de grasas y un desgaste

muscular. Mientras el niño normal tiene un 62% de agua,

el desnutrido tiene 80%; mientras el primero tiene 15%

de grasa, el segundo tiene apenas 2%”-

Nada más espectacular que observar los cambios físicos

y psíquicos de un niño desnutrido en su fase de

recuperación.

Pero los cambios en la composición corporal son también

notable en el adulto desnutrido, que puede alcanzar hasta

una pérdida de más de 70% de la grasa corporal (Martha

Kaufer). Por eso los malnutridos, en un sentido u otro,

son feos.

También en el rostro deja marcas la desnutrición. La cara

ancha (cara de luna), por mayor distanciamiento de los

arcos cigomáticos, asimetría facial, con tendencia a la

hipertrofia de las glándulas parótidas (sobre todo después

de la recuperación nutricional) hacen del desnutrido un

ser “feo”.

Ciertos grupos humanos presentan en su conjunto una

fealdad evidente según los patrones culturales nuestros,

pero es posible que en su propia cultura se consideren

bellos.

Todavía recordamos nuestro asombro, hace muchos años,

de visita a un departamento colombiano, en una zona

endémica de bocio endémico, con que curiosidad nos

contemplaban a los visitantes por tener un “cuello de

violín”, es decir sin bocio. Las muchachas del pueblo

nos dijeron que eramos feísimos, y sin duda tenían razón.

Aparte de las alteraciones descritas no debemos olvidar

la deformaciones del raquitismo y osteomalacia, las

alteraciones de la piel (hiperqueratosis, foliculosis) por

carencia de vitamina; las seborreas en las aletas de la

nariz, atribuidas a la deficiencia de riboflavina, etc. Es

más que evidente que una nutrición adecuada favorece

una piel hermosa, unos ojos brillantes y unas proporciones

armónicas.

La pintura flamenca (Hugo Van der Goes) del siglo XV

ofrece un típico ejemplo de asociación del amor de los

caballeros, tenían signos residuales evidentes de un

raquitismo infantil, como párpados caídos (blefaroptosis),

abdomen abombado en contraste con su delgadez

(“vientre de batracio”) y piernas ligeramente cóncavas

(“tibias en sable”) (Vallejo Najara J,A,).

Muchos Niños Jesús pintados en esa época, tuvieron como

modelo niños raquíticos de las aldeas europeas, como en

los andes venezolanos un Niño Jesús tiene bocio.

En su interesante y divertido trabajo, sobre “La Etiología

de ciertas modas” (“Cultura Universitaria”, UCV, 1957),

Marcel Grannier Doyeux dice que los “trajes de cola” no

nacieron como una simple casualidad, sino que su origen

se remonta al siglo XIII. La moda fue lanzada por las hijas

del rey Luis IX de Francia, a fin de disimular unas “bases

de sustentación” exageradamente grandes, que los

médicos llaman “megalopodia”.

Muchas modas nacieron por causas relacionadas con la

patología nutricional, como fueron los enormes cuellos,

enjambre de delgados tubos, que cubrían el bocio

antiestético. También las grandes corbatas, como las que

usó Sint-Just, de quien Victor Hugo decía que “residía

dentro de una corbata”, se debieron a la escrofulosis que

padeció el pensador (Granier).

Pero tal vez sea el vestido de maternidad el que ha

condicionado más la moda; unas veces para disimular la

condición fisiológica, otras, para hacer imposible el saber

quién está y quién no está embarazada. Así son las “robes

barrantes”, desprovistas de cintura.

En los pueblos primitivos, las civilizaciones griegas,

romana e incluso, en parte de la Edad Media, las gentes

no sintieron jamás la sensación de disgusto ante su cuerpo

ni ante el cuerpo de los otros hombres (Néstor Luján).

Hasta el siglo XVI las gentes podían bañarse desnudos en

Anales Venezolanos de Nutrición 2008; Vol 21 (1): 42-48. 47

Longevidad, nutrición, amor y todo eso

comunidad, sin sentir vergüenza de su desnudez. Según

Luján solamente a partir del siglo XVII el hombre establece

una distancia entre él y su propio cuerpo. Entonces se

establece la distancia y la vestimenta exagerada cubre los

cuerpos de hombres y mujeres.

El baño estaba reservado para tratar ciertas enfermedades,

pero se consideraba que sin estar enfermo bañarse era la

base de posibles liviandades En Sevilla en el siglo XVII se

decía; “La que del baño viene bien sabe lo que quiere”

Nadie podía conocer (tal vez adivinar, si) las formas de

una mujer, tales eran las faldas, basquillas, enaguas,

verdugados y guardainfantes que portaban. Tampoco era

fácil saber cómo era un hombre con sus calzas

abullonadas, las gorgueras, las pelucas, las capas y los

polvos y pinturas que cubrían los rostros. Fue la época

más libertina y licenciosa con apariencia de pudor. Para

el Concilio de Trento y el Puritatismo de los protestantes,

el cuerpo desnudo era pecaminoso. El baño una tentación,

la ropa, los tintes, los mejunjes coloretes, cubren la mugre

y la suciedad. Y bajo las grandes enaguas, guardainfantes

y miriñaques, se esconde el cuerpo, unas veces macilento

y otras con anómalas obesidades, pero también, gracias a

Dios, cuerpos perfectos que sólo serán conocidos el día

de la boda o acaso antes, una noche imprevista al terminar

la lúbrica zarabanda. ¡Qué de sorpresas en la noche de

bodas y qué de sustos en las aventuras garantes!

La historiadora Ermida Troconiz de Veracorchea, ha escrito

bellas estampas de la vestimenta y vida social de las

venezolanas en siglos pasados: He aquí algunos apuntes:

“Las mujeres que llegan a Venezuela en el XVII son las

esposas de los altos burócrata de la sociedad colonial: Las

mujeres de Gobernadores y Capitanes Generales, o de los

Oidores de la Audiencia, que vienen a instalarse en

cómodas casas coloniales, con patios interiores olorosas

a rosas y jazmines y rodeadas de una pléyade de esclavas

y sirvientas que van a hacerle la vida más fácil, al

encargarse de las tareas del hogar”.

La situación sanitaria de la época colonial era bastante

precaria y con frecuencia se diezmaba parte de la

población por las epidemias. En 1794 hubo en Caracas

una gran epidemia de fiebre amarilla. En una carta del

Comandante Militar dirigida al Regente de la Real

Audiencia el 21 de agosto, le dice:

”La epidemia general que se padece y experimenta el sexo

masculino, pues el femenino apenas muere alguno, me

ha obligado a tomar cuantas providencias ha parecido

adecuadas a conocer el estrago”.

Al final de la carta hay una nota que expresa lo siguiente:

“En la epidemia de fiebre amarilla de 1794 se observó

que no atacaba a las mujeres”.

La mayor exposición del hombre en contacto con las

partes selváticas quizá lo hacía más propenso a contraer

la fiebre amarilla, a través del mosquito transmisor del

virus.

Meses antes de la Semana Santa o Semana Mayor, las

costureras comprometían su tiempo para realizar el

atuendo que lucirían las señoras de la alta sociedad en

tales fiestas.

La seda, el terciopelo y las blondas importadas eran

escogidas con especial interés por las damas elegantes,

no sólo para hacer confeccionar sus trajes, sino también

para vestir las imágenes sagradas que saldrían en

procesión.

El traje femenino evolucionó muy lentamente en la

primera mitad del siglo XVIII: el jubón o cotilla fue

sustituido por la casaca y se empezaron a utilizar

“apretadores” y “petos”. La saya tenía muchos pliegues

que llegaban hasta el suelo.

“Los vestidos negros, de luto o de ir a misa, se hacían de

raso, tafetán doble, de lana o lanilla. Los otros, de gala,

podían ser de brocado de oro, color ámbar; de tafetán

doble morado; de piqué musgo; de griseta parda; de

persiana verde o enarnada; de tornasol o de gorguearán

canelado”.

También se usaba un delantal o tapapié atado a la cintura.

El adorno para la cabeza era un tocado llamado

“montera”, de seda o palo. Igualmente se ponían plumas

o joyas en el cabello.

Termino:

La vida, el amor en fin, es lo unión de la naturaleza y la

cultura. El hombre y la mujer, tienen su cuerpo tal como

le creó la naturaleza, el cual se complementa con el

vestido, que es ya cultura.

Como dice Juan García Bacca “la empresa del hombre

actual consiste en hacer posible y real, lo imposible a la

naturaleza, y de las aves, hace aviones; de peces,

submarinos; de ojos, telescopios; de orejas, teléfonos; de

pies, automóviles; de manos, tenedor, cuchillos y

cucharas; de cerebro, computadoras; de corazón,

marcapasos; de petróleo, gasolina; de corrientes de agua,

turbinas; de piedras magnéticas, dinamos; de luz solar,

luz eléctrica; de fibras vegetales, papel; de manos, el

piano, etc”. (De magia a técnica”. 1989).

48 Anales Venezolanos de Nutrición 2008; Vol 21 (1): 42-48.

Bengoa

Cada persona es distinta a nuestros precedentes, es

irrepetible y es única, incluso los gemelos homozigóticos.

Pensar que los millones de habitantes de la tierra y los

miles de millones que nos han precedido y los que

vendrán, seamos todos distintos e irrepetibles es uno de

los misterios de la genética.

Nos distinguimos unos de otros por algún detalle de

imperfección, que nos marca como una seña de identidad.

Se ha dicho, con razón, que “el hombre se parece más a

sus contemporáneos que a sus progenitores” (Everson,

R.W.). También un proverbio árabe dice que “el hombre

se parece a su tiempo y no al de sus padres”. Esto revela

la importancia del ambiente cultural en la conformación

de nuestro modo de ser.

Ser un ser humano es sentirse único, pero al mismo tiempo

sentirse –sin serlo- igual a los demás seres humanos.